Capítulo 2
Valentina pertenecía a la familia Santillán. Desde pequeña, recibió una educación estricta y una formación integral en diversas disciplinas. A los ojos de todos, era la señorita perfecta.

Pero solo ella sabía lo asfixiante que era aquella vida tan rígida.

Todo estaba programado: a qué hora debía levantarse, cuándo practicar piano, cuándo leer e incluso qué expresión debía adoptar al sonreír. Era como una muñeca de porcelana: hermosa, perfecta, pero sin alma.

Hasta que apareció Damián.

Era el mujeriego más conocido de Santa Aurelia. Las carreras clandestinas, las peleas y los deportes extremos se le daban de maravilla.

Vivía a su manera, sin preocuparse por las reglas ni dejar que nada lo limitara, como el viento que soplaba libremente.

La primera vez que lo vio fue en una reunión entre ambas familias.

Llegó una hora tarde, irrumpiendo en el lugar con el estruendo de su motocicleta. Se quitó el casco, dejando ver su cabello revuelto por el viento y un rostro absurdamente atractivo.

Sonrió con descaro a todos los presentes, dijo que había encontrado tráfico y se sentó como si nada. Luego la miró de reojo con sus ojos seductores y alzó ligeramente la barbilla en su dirección.

Aquella noche, Valentina no pudo dormir.

Nunca había conocido a alguien como él. Parecía llevar la libertad en cada fibra de su ser, mientras ella seguía encerrada en una jaula dorada, incapaz siquiera de desplegar las alas.

El día que se enteró de que sus familias habían acordado su matrimonio desde hacía tiempo, se pasó toda la noche despierta de la emoción.

Pero jamás imaginó que Damián la detestaría.

La había rechazado desde el primer momento.

Decía que era una fingida, que era aburrida, que era como agua estancada.

Más adelante, se enamoró de Abril, una joven de origen humilde que estudiaba gracias a una beca. La miraba con una ternura capaz de derretir hasta el corazón más frío.

Damián intentó por todos los medios cancelar el compromiso, pero no lo consiguió. Al final, no le quedó más remedio que seguir fingiendo que aceptaba el compromiso, mientras aplazaba la boda una y otra vez.

Todo lo que a Valentina le desagradaba, él lo hacía con todavía más ganas.

Se paseaba por todas partes con Abril, sin importarle que su comportamiento dejara en ridículo a su propia prometida.

Valentina no tuvo más remedio que seguirlo día tras día, pendiente de lo que hacía e intentando frenarlo, como una sombra que no lo dejaba en paz.

Creía que algún día él llegaría a valorar sus cualidades. Creía que, tarde o temprano, comprendería que no era aburrida, sino que simplemente no sabía expresar sus sentimientos.

Pero esperó año tras año, hasta que su amor se enfrió por completo, sin conseguir que él volviera la mirada hacia ella ni una sola vez.

Todo cambió una semana atrás.

Sus padres la llamaron para hablar y le revelaron algo que cambiaría su vida para siempre.

No era hija de los Santillán. La habían intercambiado por error en el hospital cuando nació, y la verdadera hija de la familia era otra persona.

Sus padres tenían expresiones difíciles de descifrar. Parecían sentir culpa y desconcierto, pero, sobre todo, alivio, como si por fin se hubieran quitado un peso de encima.

—Valentina, sabemos que esto es difícil de aceptar para ti —dijo su padre con voz grave—. Pero Mariana ha sufrido mucho todos estos años. Queremos compensarla como se merece. Regresará a finales de mes y esperamos que tú... te marches.

Valentina guardó silencio durante mucho tiempo. Al final, solo hizo una pregunta:

—¿Y qué pasará con el compromiso con los Alcázar?

Su madre la miró antes de apartar la vista.

—El compromiso siempre fue un acuerdo entre ambas familias. Ahora que sabemos que hubo una confusión en el hospital y que Mariana es nuestra hija biológica, lo lógico es que sea ella quien se case con Damián. Queremos que te marches y que cortes todo vínculo con Damián. Celebraremos la boda lo antes posible. Y cuando llegue el día, no queremos que asistas.

En aquel instante, Valentina sintió que algo dentro de ella se rompía para siempre.

Sin embargo, no dijo nada. Se limitó a asentir, resignada.

Durante todos aquellos años, había hecho todo lo posible para conseguir que Damián la amara, pero nunca lo logró. Estaba cansada.

También estaba cansada de llevar tantos años comportándose como la señorita perfecta.

Si nada de aquello le pertenecía, entonces renunciaría a todo.

Lo único que quería recuperar era el amuleto que le había regalado su abuela antes de morir.

Era lo último que le quedaba en este mundo que realmente le pertenecía.

Poco a poco, iba perdiendo el conocimiento. A lo lejos, se oía acercarse una ambulancia.

Valentina cerró los ojos por completo.

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