Ella no vende rosas
Ella no vende rosas
Por: Lumbre
Capítulo 1
Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y había adelgazado considerablemente. Al verlo abrir los ojos, volvió a echarse a llorar. Entonces se quitó el amuleto de protección que llevaba al cuello y, con movimientos torpes, se lo puso a él.

—Me lo dio mi abuela. Lo llevo desde niña y nunca me ha pasado nada. —Su voz sonaba ronca y firme—. Ahora te lo doy a ti. Damián, llévalo siempre contigo. A partir de hoy, no vuelvas a hacerte daño.

Siempre había detestado a su prometida. Lo lógico habría sido arrancarse el amuleto en ese mismo instante y arrojárselo a la cara. Sin embargo, aquel día, por alguna razón, no hizo nada. Se limitó a soltar una risa burlona.

—¿Así que ahora quieres mandarme? ¿Qué sigue? ¿Que no pueda quitármelo en toda la vida?

Ella guardó silencio durante mucho tiempo. Finalmente, respondió en voz baja:

—El día que deje de amarte, podrás quitártelo. Porque ese día vendré personalmente a recuperarlo.

Por alguna razón, al recordar aquellas palabras, Damián sintió algo extraño que no supo explicar. Pero enseguida apartó ese pensamiento y siguió recostado en el sofá, con una sonrisa burlona.

—¿Y para qué lo quieres de vuelta?

—Para nada. —La voz de Valentina sonó indiferente—. Simplemente, ya no quiero que lo tengas.

La molestia que no lograba controlar volvió a apoderarse de él. Damián observó aquel rostro que conocía mejor que nadie.

Desde niños, ella siempre había sido una señorita refinada y bien educada. Siempre tan correcta, tan contenida, tan aburrida a sus ojos.

Recordó cómo ella lo había perseguido durante años y cómo siempre intentaba meterse en sus asuntos y controlarlo todo. De pronto, creyó entenderlo todo.

—Ah, ya veo... —dijo con deliberada lentitud y esbozó una sonrisa descarada, con una mirada sarcástica—. Como llevas tantos años intentando que me enamore de ti sin conseguirlo, ¿ahora te has dado cuenta de que perseguirme todo el tiempo no te sirve de nada y has decidido hacerte la difícil para que sea yo quien te busque?

Valentina no respondió.

Convencido de haber dado en el clavo, Damián se puso de pie y la miró desde arriba.

—Está bien. Si quieres jugar a hacerte la difícil, adelante. Y si quieres recuperar el amuleto, también puedes hacerlo. Cómete los mangos que hay en esa bandeja y te lo devolveré.

Apenas terminó de hablar, todos los presentes exclamaron sorprendidos.

Abril fue la primera en intervenir. Le tiró suavemente de la manga a Damián y susurró:

—Damián... ¿no crees que te estás pasando? La señorita Santillán... es alérgica al mango.

Él ni siquiera la miró. Mantuvo los ojos fijos en Valentina.

—Si le parece demasiado, no tiene por qué comerlos. Yo no la estoy obligando.

Apenas terminó de hablar, Valentina se sentó frente a la mesa de centro.

Tomó un trozo de mango, se lo metió en la boca, masticó y tragó.

Después del primer bocado, sus labios empezaron a enrojecerse.

Con el segundo, le salió un sarpullido en las mejillas.

Al tercero, comenzó a respirar con dificultad y unas grandes manchas rojas empezaron a extenderse por su cuello.

En el reservado no se oía ni una mosca.

Damián no apartaba la mirada de ella. Vio cómo su piel, antes pálida, se enrojecía rápidamente y cómo cada vez le costaba más respirar. Y, aun así, ella no se detenía.

Un trozo, dos, tres...

No levantó la cabeza hasta que el plato quedó vacío.

Tenía los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos y los labios se le habían amoratado. Su voz salía entrecortada, como si hubiera agotado hasta la última gota de fuerza.

—Ya... me los comí todos. ¿Ahora... puedes devolvérmelo?

Damián se enfureció aún más. De repente, le dio una patada a la mesa de centro y la volcó. El cristal se hizo añicos con estrépito.

—¡Tómalo!

Se arrancó el amuleto del cuello y se lo arrojó con violencia.

—¡Lárgate!

Acto seguido, agarró a Abril de la mano y salió sin mirar atrás.

Al ver lo ocurrido, los demás invitados comenzaron a retirarse en silencio.

Justo cuando Damián estaba a punto de salir, oyó un golpe seco detrás de él.

Abril se volvió y soltó un grito.

—¡Damián! ¡La señorita Santillán... se ha desplomado! ¡Está teniendo una reacción alérgica muy grave! ¿Y si se muere? ¿No deberíamos llevarla al hospital?

Damián se detuvo y se volvió instintivamente.

Valentina estaba hecha un ovillo en el suelo mientras todo su cuerpo se convulsionaba. El sarpullido de su rostro se había extendido y tenía grandes manchas rojas en la piel. Respiraba con tanta dificultad que apenas podía tomar aire.

Damián sintió una punzada de preocupación y estaba a punto de acercarse cuando Abril se torció el tobillo de repente y cayó en sus brazos.

Él se volvió de inmediato para sostenerla, frunciendo el ceño.

—¿Cómo te has torcido el tobillo de repente? ¿Te duele?

Abril se acurrucó contra su pecho con expresión lastimera.

—Estoy bien... Puedo soportarlo. Deberías ir a ver a la señorita Santillán. De verdad parece estar muy mal...

Damián volvió la cabeza y lanzó una mirada de desprecio a Valentina, que seguía tirada en el suelo. Se sintió extrañamente irritado, pero respondió con frialdad y firmeza.

—No tenemos por qué ocuparnos de ella. Si ha decidido comérselos, es su problema. Si se muere, será por su propia culpa. Al menos así dejará de fastidiarme. Primero te llevaré al hospital para que te revisen el tobillo.

Dicho esto, alzó a Abril en brazos y se marchó a grandes zancadas.

El reservado volvió a quedar en silencio.

Tumbada boca abajo en el suelo, Valentina hizo un último esfuerzo, sacó el teléfono del bolsillo y llamó al número de emergencias.

—Estoy... en el Club Élite, en Santa Aurelia... tercer piso... reservado 308... —Su voz era entrecortada, casi inaudible—. Una reacción alérgica... Necesito una ambulancia...

Después de colgar, apoyó la mejilla contra el suelo helado y sintió que poco a poco perdía el conocimiento.

—No te preocupes, Damián... —murmuró con un hilo de voz—. Muy pronto... dejaré de molestarte. Todavía no lo sabes, ¿verdad? Descubrieron que... no soy hija de la familia Santillán. La verdadera heredera... está a punto de regresar. Y yo... estoy a punto de marcharme de aquí.

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