Mariana se detuvo un momento. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, se quedó mirando a Walter por un buen rato.
Su "gracias" le sonó tan extraño.
Era raro; debería aceptar esa extrañeza, pero, de alguna manera, no quería que Walter fuera tan cortés con ella.
Mariana caminó adelante, mientras Walter la seguía en silencio.
Ella le preguntó: —¿Con tu mano así, aún puedes conducir?
Él levantó la mano y, casi por instinto, respondió: —Sí, no es nada grave.
Mariana entrecerró los ojos. ¿No era