Si no se sentaba en el asiento del copiloto, él no iba a conducir. Y tampoco podría bajarse.
Estaban tan lejos del centro de la ciudad que no habría un coche que pasara pronto. Si Mariana quería volver, solo podía acomodarse en el asiento del copiloto.
Mariana sabía que había perdido la batalla, así que no tuvo más remedio que bajar y ocupar el asiento junto a él.
—¡Vamos! —dijo Mariana, molesta.
Walter sonrió; era bastante fácil manejar a Mariana, solo dependía de su voluntad.
Condujo con suavi