—Aurora, no tengas miedo. Si dije que puedo curarte, lo haré —Mariana se giró rápidamente y gritó hacia el personal médico afuera de la puerta—. ¡Directora, rápido! ¡Aurora está herida!
Aurora esbozó una sonrisa débil, y su voz se volvió cada vez más suave: —Doctora, gracias. Aunque muero ahora, no tendré arrepentimientos.
En ese momento, Mariana sintió como si algo le apretara fuertemente el corazón y una oleada de compasión por ella la invadió.
¿Qué mujer no sueña con una vida deslumbrante, an