Por la noche, en La Estrella Grill, un restaurante de decoración clásica, tranquilo y elegante, Mariana llegó tarde con un abanico delicado en la mano y llevando puesto un ajustado vestido verde. Cuando abrió la puerta del reservado, todos los presentes, que estaban charlando mientras tomaban té, se pusieron de pie de inmediato.
La luz aterrizaba sobre ella, resaltando su piel deslumbrantemente blanca. Su falda, abierta desde el muslo, dejaba al descubierto un par de piernas largas y rectas.
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