—Señorita Chávez, ¡lo siento! ¡Me disculpo contigo! Señorita Solís, ¡perdón! No debí actuar así con ustedes, fui arrogante. ¡Me equivoqué!
—Señor Guzmán, por favor, perdónelo. Le ruego que no tenga en cuenta mis errores. ¡De verdad, lo siento! ¡Es un honor tenerlo en Mesoluz, eso sería una bendición para nosotros!
La gente se miraba entre sí, sin atreverse a decir una palabra.
Sebastián, en cambio, miró a Walter, con una expresión llena de disculpas, y juntó las manos como si esperara su aprobac