Walter... Dios mío...
Walter miraba a Mariana, observando la ropa idéntica que llevaba, con el ceño fruncido.
Por suerte, en el teléfono, Yolanda seguía gritando: —¡Mari! ¿Por qué dejas de hablar de repente? ¿No será que ese despreciable Walter ha venido a buscarte?
Mariana estaba sin palabras. Walter, afuera, también.
Mariana colgó la videollamada. Se volvió y se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas y los brazos en jarras, y luego miró a Walter.
Walter había considerado que la mujer se pa