Mariana extendió su mano, como en los días de la escuela secundaria, y lo agarró con firmeza. Él tomó la piel que estaba al lado y le ayudó a ponerse la chaqueta.
Mariana miró su rostro tierno y no sabía si era el efecto del alcohol o los recuerdos de la escuela secundaria que la estaban invadiendo. De repente, en un instante, quiso besarlo.
—Dijiste que me seguirías, no te he seducido —dijo él, en un tono preventivo.
Mariana miró sus ojos y, con una voz sombría, dijo: —Sí, te seguiré.
—Mariana,