La voz era algo ruda, pero la arrogancia que emanaba era mucho más intensa que la de los dos hombres. Mariana se limpió los dedos y retrocedió dos pasos. En la puerta apareció un hombre corpulento.
Vestía un traje negro y llevaba una cadena de oro. Detrás de él, sus secuaces, vestidos holgadamente, llevaban armas en las manos.
No parecían ser gente de fiar.
Mariana frunció el ceño. ¿Era este un jefe importante?
—¡Jefe! —el hombre en el suelo se levantó a rastras, lloriqueando y gritando—. ¡Esa m