El coche se detuvo y Mariana abrió los ojos. Estando en el auto de Eduardo, se mantuvo alerta y, al sentir que había llegado, se despertó de inmediato.
Eduardo giró la cabeza rápidamente. Mariana notó su movimiento; bajó la vista hacia sí misma y se sacudió un poco, como si quitara el polvo que no existía.
—He llegado. Gracias, señor López —Mariana se frotó la frente, mirando la placa del instituto, y soltó un bostezo.
Eduardo salió del coche y le abrió la puerta.
Mariana asintió. —Gracias, seño