Mariana llegó al instituto pasadas las diez. La repentina nevada había hecho que la atmósfera de la ciudad cayera en picada.
Se abrazó a sí misma, con dos grandes ojeras que delataban su cansancio.
Se frotó los ojos cuando Clara entró con unos documentos. Al ver la apariencia demacrada de Mariana, no pudo evitar hacer un comentario sarcástico.
—Con solo veintitantos años, ya pareces de más de treinta. No quiero imaginar cómo te verás en el futuro —ella dejó los papeles sobre la mesa con un tono