—Entonces, Mariana, ¿cómo puedo hacer para que aceptes mis flores? —dijo él, acercándose un paso.
La brisa de esa noche era suave, y su tono también lo era.
Mariana sacudió la cabeza. —Nunca aceptaré tus flores.
Walter era un hombre inteligente.
Lo entendía perfectamente.
Lo que Mariana rechazaba no eran solo sus flores, sino también a él como persona.
Ella nunca lo aceptaría en su vida.
Hay algunas personas a las que, después de haber amado una vez, ya es suficiente; una herida es suficiente.
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