—Hola, señorita Chávez —de repente se acercó un encargado.
Mariana levantó la vista. —¿Qué pasa?
—El señorito Sandoval me pidió que la cuidara —la chica sonrió suavemente, con un aire amable y cercano.
Mariana miró hacia donde estaba Vicente, que se afanaba en charlas con algunos hombres mayores. Agradecía su preocupación, pero no quería ser una carga para él.
—Puedes hacer lo que quieres, no necesito cuidado. Si me canso, regresaré a descansar por mi cuenta. Dile al señorito Sandoval que asisti