—El destino te está enviando una señal.
—No sé ni siquiera cómo se llama —respondo, frustrada.
—El destino quiere que ese amor sea diferente, que sea especial.
—¡Basta! No puedo enamorarme de él solo por un beso.
—Eso díselo a tu corazón.
—No quiero escuchar más —la interrumpo, sacándola de mi habitación—. Ve a dormir, estaré bien.
Amelia, a regañadientes, se va de la habitación. Siento la necesidad de estar sola para procesar todo lo que hemos hablado. Me siento en la cama, la mente aún nublad