Cuando escucho a Carlos llamarme, ignoro su llamado y continuo caminando, hasta que me toma del brazo. Me había alcanzado corriendo.
—¿A dónde vas? — interroga, preocupado.
—A casa —respondo sin mirarlo.
—No quiero que te vayas sola. Yo te llevo— me dice Carlos, preocupado.
—Carlos… —retiro el anillo de mi dedo, sin mirarlo—, lo siento —ahora lo miro, tomo su mano y dejo el anillo en su palma, cerrándola—, no quise salir huyendo, pero no encontré otra manera de decirte que esto es un error.
—¿P