Al final, las copas de vino quedaron vacías y Scarlett no llegó a probar ni una gota.
—Necesito irme —dijo Sebastián, enormes gotas de sudor rodando por su frente y desaparecían en su cuello—, cierra la puerta con llave y espera dentro. No te pasará nada.
—¿Y si me pasa algo, se supone que debo hacerte responsable después? —Se burló Scarlett con frialdad, notando que el rostro del hombre palidecía un grado más.
—¿Preferirías que te atara? —Pronunció palabras amenazantes, pero parecía que apenas