Ava estaba por llegar.
Acostada en la cama, Scarlett podía escuchar los tacones altos en el pasillo. A regañadientes, reconoció la pesadilla de su infancia: los pasos de Ava.
Ava no entró, solo habló con Sebastián, quien aparentemente estaba vigilando la puerta.
—¿¡De verdad lograste que se lo bebiera!? —Ava celebró como un pájaro emocionado—. ¿Está ahí dentro?
—¿Dónde más? —Preguntó Sebastián con impaciencia—. ¿Dónde está mi pago?
Scarlett lo habría despedazado solo con los dientes si hubiera p