Uno o dos invitados se acercaron con miradas incómodas, pero ninguno intervino en la conversación entre madre e hija.
La sangre de Scarlett se heló al ver cómo justificaba Anna lo que le habían hecho, sin mostrar ni el más mínimo rastro de culpa o arrepentimiento en sus ojos.
—Nunca ibas a cumplir con el trato. —Dijo Scarlett, con voz vacía y ligera.
Anna soltó un resoplido frío. —Realmente eres hija de tu madre. Al igual que ella, no respondes a la amabilidad, sino al poder. Supongo que debí se