—¡¿Por qué tengo que hacerlo yo misma?! —resopló Scarlett, fulminando a Silco con la mirada.
Sentado cómodamente en el sofá con las piernas cruzadas, Silco la miró por encima de los papeles que estaba leyendo, divertido. Hacía un momento la chica lloraba en sus brazos, y ahora parecía una gatita a la que le habían pisado la cola.
—¡Puedo enviar a Arthur! —Scarlett hizo pucheros.
—Si pudieras darle órdenes —respondió Silco casi con dulzura, pero la risa en su voz no estaba oculta en absoluto.
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