Mundo de ficçãoIniciar sessãoCAPÍTULO 5: Tomando el control
Lorenzo Verla sonreír fue un truco de magia jodidamente efectivo. Llevaba el cabello rizado, rebelde y hermoso, enmarcando una piel sutilmente bronceada que desafiaba la palidez del invierno neoyorquino. Toda ella era un imán. Me quedé completamente embobado mirándola, ajeno a mi entorno, hasta que la voz de Nicolás pronunció su nombre, arrastrándome de vuelta a la realidad. Tenía razón. Estábamos en problemas. Eran unas niñas, dos estudiantes de preparatoria. Nicolás había quedado hipnotizado por la pureza de Isabella, y yo me encontraba estúpido, devorando con la mirada a su única amiga, Laurent Wilson. Un Don y un Sottocapo, los hombres que hacían temblar Europa, reducidos a dos adolescentes hormonales en una maldita cafetería. Necesitábamos irnos, pero ninguno de los dos quería mover un solo músculo. Al final, nos pusimos en pie y salimos del lugar con discreción, usando las sombras para no ser notados. Era lo mejor. A partir de hoy seríamos sus espectros. Porque sí, yo también iba a desenterrar hasta el último secreto de Laurent; iba a investigar cada rincón de su vida. —Estamos jodidos, amigo —le solté a Nicolás en cuanto subimos a la camioneta blindada. Él no respondió de inmediato. Se limitó a pasarse una mano por la cara, soltando un suspiro pesado que delataba su propia frustración. Éramos dos mafiosos que rondaban los treinta años. Esto era absurdo, ridículo y potencialmente peligroso. —Necesitamos concentrarnos —sentenció Nicolás, aunque su tono dejó en claro que a él le estaba costando el doble de esfuerzo que a mí. Nicolás —Necesitamos concentrarnos —repetí, más para convencerme a mí mismo que a Lorenzo. Pero era inútil. La imagen de Isabella seguía quemándome las pupilas. El Capo y el Sottocapo de la organización criminal más temida del planeta, perdiendo el rumbo por dos niñas que habían llegado a voltearnos el mundo en menos de veinticuatro horas. —Tenemos que ir a la sede ahora mismo —continué, forzando a mi mente a volver al carril de los negocios—. Ese informe financiero que me entregaste demuestra que el desfalco en Nueva York es peor de lo que pensábamos. Están jugando con mi dinero, Lorenzo, y nadie vive para contarlo. Nos tomó unos minutos reorganizar los pensamientos y ponernos en el papel que nos correspondía. No es que nos hubiéramos olvidado de ellas, pero debíamos volver a ser los hombres implacables y temidos de siempre. En nuestro mundo, la más mínima distracción se paga con una bala en la frente, y no podíamos permitirnos mostrar una sola pizca de debilidad. —No avises que llegamos —le ordené a Lorenzo cuando la camioneta se detuvo frente al imponente edificio corporativo—. En cuanto pisemos el vestíbulo, solicita una junta de emergencia con todos los directivos. Necesito explicaciones hoy mismo. Me coloqué la máscara de hielo que tanto me caracterizaba, imitado de inmediato por Lorenzo. En cuanto bajamos del auto, nuestros hombres de seguridad se desplegaron con una precisión militar, bloqueando los puntos ciegos. Al vernos entrar al edificio, el ambiente se congeló. Los empleados se apartaban a toda prisa, algunos susurraban con pánico y otros prácticamente corrieron a esconderse en los pasillos al reconocer las figuras de la familia Russo. Sonreí con desdén. Si cada quien hiciera su puto trabajo con honestidad, no tendrían necesidad de huir como ratas. Al llegar al mostrador principal, me detuve. Para mi sorpresa, la recepcionista no se inmutó por el despliegue de armas ocultas ni por el aura de muerte que traíamos encima. Permanecía concentrada, tecleando con agilidad en su computadora y manteniendo el orden del vestíbulo. Un oasis de eficiencia en medio de un nido de incompetentes. Me acerqué a un par de pasos y leí su gafete: Lori. —Buenos días —dije con una cortesía gélida—. ¿El presidente encargado se encuentra en su oficina? La mujer levantó la vista, evaluó mi traje a medida y la severidad de mis hombres, y asintió con una calma profesional que me impresionó. —Sí, señor Russo. El señor Blackwood está en el piso presidencial. —Excelente. No llames a nadie para notificar nuestra presencia. Sigue con lo tuyo. Lori simplemente asintió con la cabeza, sin hacer preguntas estúpidas ni alterarse. —Me agrada esa mujer —le comenté a Lorenzo en voz baja mientras las puertas del ascensor privado se cerraban—. La quiero como secretaria presidencial a partir de hoy. Necesitamos a alguien exactamente con ese temple para limpiar el desastre de arriba. Cuando el ascensor se abrió en el piso de la alta dirección, nos topamos con dos cubículos de secretaría. El primero estaba impecable: carpetas alineadas, la computadora encendida y todo en perfecto orden. El segundo, en cambio, era un absoluto caos de papeles tirados, tazas de café vacías y la silla vacía. La única secretaria presente dio un brinco en su asiento al vernos salir del ascensor. Su rostro se deslavó por completo y, con una voz temblorosa que delataba su terror, intentó modular una frase: —Bu... buenos días, señores. ¿En qué puedo ayudarlos? Leí el nombre en su gafete: Adriana. Se le notaban las ojeras del trabajo duro y acumulado. —¿Por qué el cubículo de al lado es un maldito basurero y dónde está la persona encargada? —pregunté, frunciendo el ceño con fastidio. Adriana se puso pálida, tragando saliva con dificultad antes de responder en un susurro: —Es... es el puesto de la secretaria principal, señor Russo. Ella está... está ocupada con el director en este momento. Antes de que pudiera hacerle otra pregunta, un sonido amortiguado pero inconfundible rompió el silencio del pasillo. Gemidos y risas ahogadas provenían directamente de la oficina presidencial. Mis ojos se volvieron dos pedazos de hielo. La mandíbula se me tensó a tal punto que crujió y una furia negra me recorrió las venas. No hacía falta ser un genio para adivinar la escena. Me dirigí a la doble puerta de madera de roble y la abrí de un solo portazo, haciendo que el impacto retumbara en todo el piso. Efectivamente. La supuesta secretaria principal estaba sobre el escritorio con las piernas completamente abiertas, mientras nuestro "muy eficiente" director interino, Julián Blackwood, estaba clavado en ella, con los pantalones a medio muslo. El ambiente se volvió sepulcral. Al vernos, ambos se pusieron del color de un muerto. Blackwood, en un patético intento por salvar su pellejo, se apartó de un salto y comenzó a abotonarse la camisa a toda prisa, mientras señalaba a la mujer con desprecio. —¡Señor Russo! Esto... esto no es lo que parece. Esta mujer me tentó, es una cualquiera que... Levanté una sola mano en el aire. Un solo gesto bastó para que el silencio volviera a reinar. Blackwood se calló al instante, temblando como una hoja. —Silencio —escupí, y mi voz sonó como el filo de una guillotina. Hice una seña lateral a mis escoltas. Dos de mis hombres entraron, sujetaron a la mujer por los brazos —quien intentaba cubrirse con su falda rota— y la arrastraron fuera del despacho. —Llévenla al sótano de la sede —le ordené a Lorenzo en voz alta—. Quiero que la interroguen. Si Blackwood estaba robando, ella movía los papeles. —Entendido, Boss —respondió Lorenzo con una sonrisa cruel, disfrutando del terror que emanaba del director. Blackwood intentó dar un paso hacia mí, con las manos temblorosas extendidas en un gesto de súplica. —Señor Russo, por favor, puedo explicar las auditorías, el capital faltante fue un error de contabilidad, yo... —Te dije que te calles, Julián —lo interrumpí, avanzando con pasos lentos y pesados hacia él, acorralándolo contra su propio escritorio—. No he cruzado el Atlántico para escuchar tus excusas baratas ni para verte usar mi mobiliario como burdel. Vengo a poner en orden mi empresa. Y tú, Julián Blackwood, tienes muchas cosas que explicarme antes de que decida si sales de este edificio por la puerta o en una bolsa de basura.






