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Capitulo 4. Despertando.

CAPÍTULO 4: Despertando

Isabella

Escuchaba un murmullo lejano de voces mientras recuperaba la conciencia poco a poco. Al abrir los ojos, la crudeza de una luz blanca y fría de hospital me cegó por completo, obligándome a parpadear varias veces. Cuando por fin pude enfocar la vista, descubrí a mis padres justo a mi lado. Mi madre tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y mi padre reflejaba una preocupación tan profunda que le surcaba la frente.

—¿Qué... qué ocurrió? —pregunté, con la voz rasposa y apenas en un hilo.

A medida que ellos me contaban lo poco que sabían, los recuerdos de la tarde regresaron a mi mente de golpe, como ráfagas violentas: el estruendo ensordecedor de los disparos, las astillas volando, hombres corriendo con armas enormes y, sobre todo, aquel cuerpo imponente sujetándome contra el suelo con una fuerza descomunal, como si su propia vida dependiera de protegerme. Recordé la vibración de su voz ronca exigiendo que me quedara con él y, de manera inevitable, aquel perfume inconfundible a madera y tabaco.

 Era increíble, pero sentía que todavía llevaba ese aroma impregnado en la memoria.

Mi padre continuó explicando que unos hombres que paseaban por el parque me habían rescatado y traído de urgencia tras la balacera. Incluso dos de sus escoltas privados se había quedado en la sala de espera hasta asegurarse de que ellos llegaran. La policía había intentado interrogarme, pero los mismos guardias de seguridad intervinieron, asegurando que yo solo era una estudiante que estaba de paso y que no había visto absolutamente nada, al igual que ellos, solo se escucharon los disparos.

Al final, los médicos dictaminaron que solo había sido un desmayo provocado ante un gran susto. Como me encontraba perfectamente bien, firmaron el alta y regresamos de inmediato a la seguridad de nuestra casa.

—Hija, ve a darte un baño largo para que te relajes. Yo prepararé la cena, ¿está bien? —me dijo mi madre, acariciándome el cabello con dulzura.

Les di las gracias y subí las escaleras a paso lento. En cuanto encendí mi teléfono, la pantalla se inundó con veinte llamadas perdidas de Laurent. No dudé en marcarle de vuelta.

—¡Isabella Mancini! ¿Me quieres provocar un infarto? —exclamó mi amiga al otro lado de la línea, con la voz rota por la angustia—. Estaba muerta de miedo hasta que tu padre llamó a los míos y nos explicó lo que pasó. ¿De verdad estás bien?

La tranquilicé con tono pausado, detallándole que no tenía ni un solo rasguño. Sin embargo, en cuanto le relaté los detalles del hombre que se había lanzado sobre mí para cubrirme de las balas, Laurent dejó escapar un grito de asombro.

—¡No puede ser! Eso parece sacado de una maldita película de acción, amiga. Pero, ¿no lograste verle el rostro?.

—No, la verdad es que no... Todo fue demasiado rápido —admití, sintiendo un extraño vuelco en el estómago—. Solo agradezco que ese misterioso hombre estuviera allí para protegerme. Es rarísimo, Laurent... pero cierro los ojos y aún puedo evocar su aroma exquisito, y esa sensación de calidez tan abrumadora dentro de sus brazos...

—Ay, por Dios, no me lo digas... ¿Te acabas de enamorar de un completo desconocido en medio de un tiroteo? —se burló ella, provocando que mis mejillas se encendieran.

—No es eso —respondí, sonriendo a la pantalla—. Es solo que... me salvó la vida. Es algo que guardaré para siempre como un recuerdo muy especial.

Seguimos conversando un buen rato, riéndonos del drama y aliviando la tensión del día, hasta que quedamos en vernos a la mañana siguiente en una cafetería cercana al instituto para ponernos al día con las clases.

Nicolás

En el otro extremo de la ciudad, la noche anterior se había vuelto un poco más tolerable tras recibir la llamada de mis hombres en el hospital. El guardia me informó que los Mancini ya estaban con ella, que el asunto con la policía se había manejado bajo mis términos y, lo más importante, que Isabella ya había despertado sana y salva. Un peso invisible que no quería admitir se levantó de mis hombros, permitiéndome conciliar el sueño por unas horas.

—Lorenzo, quiero que asignes una guardia permanente para Isabella —le ordené a mi Sottocapo a primera hora de la mañana, mientras ultimábamos detalles en el despacho—. Manténganla vigilada desde las sombras por pura protección. No quiero que los turcos sospechen que tiene alguna relación con nosotros y pretendan tomar represalias por lo del parque.

Lorenzo asintió con seriedad y se puso en contacto con Adam, uno de nuestros hombres más capaces en Nueva York, quien salió de inmediato a cubrir el puesto, coordinando relevos exclusivos con Mario. Sabiendo que el perímetro estaba asegurado, salimos del penthouse.

—Paremos a desayunar antes de ir a la sede —le sugerí a Lorenzo mientras subíamos al auto.

Terminamos entrando en una pequeña y elegante cafetería que encontramos en el camino. El ambiente me agradó de inmediato; a pesar de que el lugar estaba bastante concurrido, no se sentía cargado, sino cómodo y extrañamente pacífico. Nos ubicamos en una mesa discreta al fondo y pedimos el desayuno.

Ya casi terminábamos de comer cuando noté por el ventanal que Adam, el guardia que había asignado para custodiar a Isabella, se estacionaba discretamente al otro lado de la acera. Arqueé una ceja, contrariado. Saqué mi teléfono de inmediato y marqué su número y le hable con un tono que no admitía errores.

—¿Se puede saber qué demonios haces aquí y por qué no estás en tu puesto de vigilancia? —escupí con voz helada en cuanto contesto.

—Señor, estoy en mi puesto —respondió Adam de inmediato, disculpándose por la confusión—. La señorita Mancini acaba de llegar a este mismo establecimiento. Viene a reunirse con una amiga. Están justo cruzando la calle en este momento.

El corazón me dio un vuelco violento y una extraña opresión se instaló en el pecho. Corté la llamada sin decir una palabra más y clavé la mirada fijamente en la entrada del local.

En ese preciso instante, las puertas de cristal se abrieron y el mundo pareció detenerse.

Mis ojos se fijaron en ella. Dios, era incluso más hermosa de lo que recordaba, y apenas la había visto ayer por primera vez. Isabella entró iluminando el lugar, irradiando una pureza y una luz tan nítidas que verla caminar entre la multitud era como contemplar a un ángel terrenal. Llevaba una libreta bajo el brazo y una frescura que me hipnotizó al instante.

Mientras ella y su amiga buscaban una mesa, noté con una rabia creciente que varios hombres en la cafetería se volteaban a mirarla, y un grupo de chicos de su edad no le quitaban los ojos de encima. Una oleada de puros celos posesivos me recorrió las venas, tensando mis puños sobre la mesa.

 Detestaba que la miraran. Sin embargo, me obligué a contener el impulso y me dediqué a observar la delicadeza de sus movimientos, la forma en que su rostro se iluminaba y cómo sonreía con total libertad. Me quedé completamente magnetizado por su sonrisa. Una parte oscura y egoísta de mí deseó, con fuerzas renovadas, ser el único dueño de esa expresión. Definitivamente, esta niña había puesto mi jodido mundo de cabeza.

—Amigo, tenemos que irnos de una vez. Se nos hace tarde —le dije a Lorenzo, tratando de apartar la vista de Isabella.

Al notar que no me respondía, volteé a mirarlo con fastidio. Lorenzo ni siquiera me estaba escuchando; tenía la mirada clavada con absoluta fijeza en un punto exacto de la cafetería. Seguí la dirección de sus ojos y me tense por un momento sentí celos hasta que me topé con una sorpresa que me hizo contener una sonrisa de medio lado. No estaba mirando a Isabella... estaba completamente embobado observando a su amiga, ver la expresión desencajada de mi implacable Sottocapo disipó cualquier duda.

—Se llama Laurent Wilson —le solté en un susurro mordaz, disfrutando el momento de su desconcierto.

Lorenzo parpadeó, saliendo abruptamente de su trance, y me miró con el rostro rígido, intentando recomponer su fachada de hombre frío.

—¿De qué demonios estás hablando, Nicolás? —intentó defenderse, aclarándose la garganta.

—Te recuerdo que su amiga se llama Laurent —añadí con una sonrisa cargada de puro sarcasmo, inclinándome hacia él—. Y también te recuerdo que tiene exactamente la misma edad que mia Luce (mi luz). Así que disimula un poco, Lorenzo, que se te va a caer la baba en el café.

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