El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la habitación del hospital, proyectando finas líneas de luz sobre las sábanas blancas y estériles de mi cama. Era una paz casi engañosa, considerando el caos de los últimos días. Mi mano, distraída, recorría las vendas de mi abdomen mientras miraba hacia la puerta, esperando a mi visita.
Enzo estaba sentado a mi lado, con la mirada fija en el teléfono, probablemente ocupado con sus asuntos. No se había separado de mí desde la cirugía, y aunqu