El silencio de Lino era pesado, casi sofocante. Escruté su rostro en busca de alguna respuesta, pero su expresión permaneció estoica. Es difícil pasar desapercibido. La cocina parecía un tribunal, el aire cargado de veredictos tácitos. Cada tintineo de cubiertos era un mazo, declarando nuestra conversación, o la falta de ella, una sentencia aún por cumplir.
El silencio se prolongó, una entidad tangible entre nosotros que parecía crecer con cada segundo que pasaba. Casi podía oír el latido de la