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El mundo regresó en fragmentos.

Primero fue el dolor.

Luego, el silencio.

Ciel despertó con un jadeo ahogado, el pecho ardiéndole como si aún tuviera fuego bajo la piel. El aire era denso, antiguo. No olía a bosque ni a nieve… olía a piedra, a polvo, a sangre vieja.

Abrió los ojos.

Sobre ella se alzaba una bóveda inmensa, tallada en roca negra. Runas plateadas latían en las paredes como venas vivas, y en el centro del recinto flotaba una grieta luminosa, suspendida en el aire, pulsando al ritmo de su corazón.

—¿Ian…? —susurró.

Su voz regresó con eco, multiplicada.

Se incorporó de golpe.

No estaba sola.

A pocos metros, encadenado a un monolito de obsidiana, Ian colgaba de las muñecas. Las cadenas no eran de plata ni de hierro: eran de energía lunar, brillando en tonos carmesí y blancos entrelazados.

—¡Ian! —corrió hacia él.

En cuanto dio el primer paso, el suelo reaccionó. Un símbolo se encendió bajo sus pies: el mismo círculo con dos lunas opuestas.

La detuvo en seco.

—Ciel… —la voz d
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