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El mundo regresó en fragmentos.

Primero fue el dolor.

Luego, el silencio.

Ciel despertó con un jadeo ahogado, el pecho ardiéndole como si aún tuviera fuego bajo la piel. El aire era denso, antiguo. No olía a bosque ni a nieve… olía a piedra, a polvo, a sangre vieja.

Abrió los ojos.

Sobre ella se alzaba una bóveda inmensa, tallada en roca negra. Runas plateadas latían en las paredes como venas vivas, y en el centro del recinto flotaba una grieta luminosa, suspendida en el aire, pulsando al ritmo
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