El mundo después del latido
El mundo no despertó de golpe.
Despertó confundido.
En las ciudades humanas, la gente habló de noches extrañas: de sombras que parecían llegar tarde a sus dueños, de sueños compartidos entre desconocidos, de lunas que no aparecían en los calendarios astronómicos. Algunos lo llamaron histeria colectiva. Otros, presagio.
En los territorios vampíricos, el silencio fue peor.
Los clanes antiguos sintieron cómo algo que siempre había estado por encima de ellos ahora respiraba a su misma altura. Los rituales dejaron de responder como antes. Las jerarquías ya no se sostenían solo con sangre y miedo. Los jóvenes comenzaron a cuestionar. Los viejos… a temblar.
El eclipse había sido anclado.
Y eso significaba una sola cosa:
El poder ya no era abstracto.
Tenía rostro.
Tenía pulso.
Tenía voluntad.
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Ciel tardó horas en volver a moverse.
Seguía sentada sobre la tierra húmeda del bosque, la espalda apoyada contra un tronco antiguo, mientras el amanecer gris se filtraba en