—¡Por fin apareces! —exclamó, abrazándola con fuerza—. ¿Dónde demonios te habías metido? Todos pensaban que habías dejado la carrera, y yo… yo estaba preocupadísima.
Ciel trató de sonreír, aunque su rostro conservaba un aire de cansancio y melancolía. —Solo necesitaba tiempo, Lucía. Pasaron cosas… difíciles.
—¿Difíciles? —replicó la chica, sin soltarla del brazo—. Eso no me lo creo. Te conozco demasiado bien, Ciel, y sé que algo serio está pasando. Tienes la mirada rara, como si hubieras visto