Parte 4. Capítulo 23. El designio de los oráculos
—No puedo creer todo esto que me cuentan —expresó Rebeca con enfadado y controlando las lágrimas de pena y frustración que se aglomeraban en sus ojos, al tiempo que buscaba en su agenda telefónica el número de la antigua pediatra de su hijo.
—Te cegaste por el miedo de una posible enfermedad de Máximo, por eso fuiste incapaz de ver las señales que se iluminaban como luces de neón a tu alrededor —recriminó Jesenia sentándose junto al niño que jugueteaba en el suelo, ajeno a la charla de ellas.
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