Parte 3. Capítulo 38. La profecía
Gregory se sentó sobre el pasto, las manos le ardían y le sangraban. Él las veía con pena y rabia mientras la lluvia pretendía lavarle la sangre dándole una visión más clara de sus enormes heridas y quemaduras.
Las lágrimas no dejaban de correrle por las mejillas, bañándole aún más el rostro endurecido. Frente a él, los restos de la vivienda donde había estado encerrada Jesenia y los niños seguía ardiendo, pero con menos intensidad.
Los guerreros se habían encargado de aplacar sus llamas al agi