Sara
Me quedé mirándolo fijamente, con el corazón latiendo tan fuerte que parecía que iba a salirse de mi pecho. Las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas, pero ya no eran solo de dolor.
Eran de rabia, de deseo y de amor acumulado durante meses.
James estaba sentado en el borde de mi cama, con esa mano grande todavía sobre mi muslo, quemándome la piel. Su olor me envolvía otra vez y mi coño, aún sensible por el orgasmo vacío que me había dado, se contrajo con necesidad.
—Te amo —repetí