Capítulo treinta y siete: La Casa Hija.
Me agarró por la cintura y me terminó de sacar. Raramente, estábamos en un jardín. Mis sandalias tocaban el césped. Había flores dispersas por las esquinas y las paredes estaban hechas de cristal.
No, no solo la pared. Miré el techo y es cuando me di cuenta. Era un domo.
De todos los lugares que me imaginé ver, un jardín dentro de un domo de cristal era lo último que se me pasó por la cabeza.
Estaba confundida.
―Luego de que intentan matarte y escapar, es bueno que lo primero que veas s