El renacer de la heredera despreciada
El renacer de la heredera despreciada
Por: J.M.Rose
1. Blasfemia

Creía que esta noche sería la última oportunidad para salvar mi matrimonio. No sabía que mi esposo me acababa de vender a otro hombre.

Mis zapatos de tacón resonaban por el pasillo de aquel hotel de lujo. Había pasado los últimos cinco años intentando salvar mi matrimonio con Peter Rosevelt.

Para todos, Peter era un hombre carismático que había nacido en una familia modesta y había conseguido llegar hasta la vicepresidencia de uno de los complejos hoteleros más importantes del mundo: los hoteles Wharton.

Pero pocos sabían que gran parte de aquellas puertas se habían abierto gracias a mí.

Mi nombre era Amber Hughes, heredera de una de las compañías de perfumería más prestigiosas del mundo.

Mis padres nunca aprobaron mi matrimonio con Peter. No los escuché. ¿Cómo hacerlo cuando estaba enamorada del hombre que seis años atrás me había salvado?

Ellos no sabían lo que significaba estar a punto de morir ahogada y descubrir que el hombre que me había salvado fue Peter. Gracias a él tuve una oportunidad de vivir. Él fue la primera persona que vi al abrir los ojos… y quien dijo que casi había muerto para intentar salvarme.

Un año con una relación demasiado corta terminó en un matrimonio apresurado. Cegada, creí que sería un buen matrimonio.

Dejé atrás a mi familia, mudándome a un país donde no conocía a nada ni a nadie. Dejé mi puesto en la empresa familiar. Solo lo seguí con los ojos cerrados a Inglaterra porque Peter decía que, como su esposa, mi lugar estaba a su lado.

Y yo había cedido.

Una y otra vez.

Por él.

Por nuestro matrimonio.

Por la absurda esperanza de que algún día volviera a mirarme como antes.

Esa noche debía ser especial, o eso había leído en el mensaje que me dejó. Había dicho que esa noche iba a ser primordial para conseguir uno de los contratos más codiciados con una empresa multimillonaria. Con eso, no solo estaría afianzándose en su puesto, sino que iba a ganar cinco millones de dólares totalmente limpios. Levanté mi mano con calma, revisando de nuevo sus mensajes de texto:

Peter: Lleva lencería roja.

Peter: Y recuerda, debes hacer lo que sea en esa habitación.

Peter: Pase lo que pase, eres mi mujer.

Entrecerré los ojos ante tanta insistencia, pero una pequeña sonrisa terminó traicionándome. Llevaba la lencería roja debajo del vestido. Hacía meses que Peter no me tocaba.

Meses en los que prácticamente habíamos dejado de ser marido y mujer y nos habíamos convertido en dos desconocidos compartiendo un apellido.

Por eso, cuando me pidió que llevara algo especial aquella noche, una parte esperanzada de que todo volviera a ser como al principio quiso creer que aquello no se trataba únicamente del contrato. Quizá después de la reunión estaríamos solos. Que, gracias a todo su arduo trabajo, como regalo volvería a tocarme.

Que esa noche podría recuperar una pequeña parte del hombre del que me había enamorado…

Qué equivocada estaba.

Me detuve frente al penthouse al que me había indicado que debía ir cuando me llamó esa mañana. Miré la llave magnética y, al pasarla, se escuchó el característico clic.

Entré a la habitación, que estaba algo oscura. El pasillo estaba iluminado únicamente por una luz color ámbar al final, donde debía encontrarse la sala. Cada paso me acercaba a algo que me provocaba un ligero escalofrío, como si algo estuviera fuera de lugar. Un aroma masculino, peligroso, mezclado con un ligero toque embriagador, invadió mis sentidos hasta que llegué al final del pasillo.

Una silueta masculina permanecía de espaldas frente a los enormes ventanales.

—¿Peter? —susurré con suavidad.

La figura no respondió, ni siquiera se movió. Bajo la oscuridad, parecía una imponente silueta. La luz que se filtraba por la ventana chocó sobre el vaso de whisky que sostenía en una mano. Su rostro contemplaba las luces de Londres extendiéndose bajo sus pies.

Al ver que ni siquiera se dignó a hablarme, di varios pasos hasta llegar a mi esposo.

—Peter, ¿por qué está todo tan oscuro?

Entonces, la enorme figura por fin se giró al notar que me acercaba. Mi cuerpo se congeló en ese mismo instante, petrificándome en el suelo.

No era mi esposo.

Era un hombre al que jamás había visto. Era demasiado alto, con una figura dominante. Estaba vestido con un traje oscuro que parecía hecho exclusivamente para él. Entonces, pude ver sus ojos azules como el mismo hielo; consiguieron inmovilizarme al notar que mostraban una gélida presencia llena de una calculadora esencia. Con parsimonia, recorrieron mi rostro antes de detenerse en los míos.

—¿Quién eres? —pregunté confusa con un hilo de voz.

Una de sus cejas se elevó con detenimiento mientras llevaba el vaso a sus labios. Le dio un lento sorbo y, tras descender el vaso, respondió con todo el tiempo del mundo:

—Matthew Sinclair.

El nombre me golpeó inmediatamente. Era el mismo nombre del hombre con el que Peter llevaba meses intentando conseguir uno de sus contratos más ambiciosos. Según lo que decía, de él dependía tener la mayoría de aceptación en su puesto o sería despedido.

—¿Qué hace en este lugar? Llamaré a seguridad por meterse en esta habitación.

Su ceja se elevó apenas unos centímetros. Dejó escapar una sonrisa oscura. En aquella expresión tan leve se destilaba una seguridad que me hizo retroceder, negando con la cabeza.

—¿Entrar en tu habitación? —pronunció con calma, moviendo su whisky sin dejar de observarme con sus ojos gélidos antes de llevarse el vaso a los labios.

—¿Dónde está mi esposo? —miré desesperada de un lado a otro por la habitación silenciosa.

Matthew llevó el vaso a sus labios nuevamente y, tras darle un pequeño sorbo, esbozó una lenta sonrisa lánguida.

—Probablemente celebrando.

—¿Celebrando qué?

Sus ojos descendieron durante un instante por mi vestido. La sensación en mis caderas quemaba. Con calma, su mirada ascendió a los míos.

—Su nuevo contrato.

—Bien… eso ya lo sabía. Pero eso no responde mi pregunta: ¿qué haces aquí? —Fruncí el ceño.

Hubo un largo silencio que pareció eterno; mi cuerpo ardía queriendo salir corriendo. Matthew dejó el vaso sobre la mesa.

—Tú eres parte del acuerdo.

Sentí un fuerte golpe en mi estómago que me hizo estremecer. Todo mi ser comenzó a temblar.

—No entiendo —murmuré perdida.

—El trato era muy sencillo. Dos millones de dólares y mi firma —respondió con calma— a cambio de una noche con su esposa.

Me quedé mirándolo como si le hubiera salido una cabeza extra del cuerpo. A pesar de que quise aguantarlo, no pude. Dejé escapar una risa ahogada. Todo esto era demasiado absurdo para ser real.

—Mientes.

—¿Eso crees? —replicó con pesadez.

—Peter jamás haría algo así porque me ama.

Matthew analizó mi respuesta unos segundos, ladeando su cabeza hacia un lado. Con su mentón apuntó a mi cartera.

—Si tanto crees que tu esposo no lo hizo, llámalo.

El desprecio con el que pronunció la palabra «esposo» fue más que evidente. Curvó levemente un lado de sus labios sin dejar de evaluar cada gesto que hacía. Tomé el teléfono y marqué lentamente. El timbre sonó dos veces antes de que descolgara.

—¿Bueno?

—Peter, ¿qué está pasando? ¿Por qué Matthew Sinclair dice que debo acostarme con él?

Hubo una pausa que congeló toda la habitación en un solo instante. Revisé el teléfono para asegurarme de que la llamada no se había cortado y, tras unos segundos que parecieron eternos, por fin habló:

—Escúchame, solo debes acostarte con Matthew Sinclair. Es solo una noche… hazlo por nosotros.

—¿Una noche? —bramé, sintiendo cómo la ira recorría todo mi cuerpo—. ¡Le pides a tu esposa que se acueste con otro hombre y quieres que me quede como si nada!

—Amber, escúchame. Acuéstate con ese hombre para que consiga mi contrato o considera nuestro matrimonio acabado.

La línea se cortó del otro lado. Mi respiración comenzó a volverse errática. Estaba perdida. Mis dedos temblaban alrededor del teléfono mientras intentaba comprender cómo había llegado a esto. De ser hija de una familia de enorme prestigio a ser considerada una moneda de cambio, como si fuera una prostituta. Mordí mi labio intentando combatir el odio y la rabia que me provocaba.

Matthew, por otro lado, continuó moviendo su vaso, haciendo que el tintineo del hielo contra el cristal rompiera el silencio. Escudriñaba cada movimiento, cada respiración, cada gesto que hacía.

—Como ves, tu esposo te vendió a mí —dijo con detenimiento mientras se sentaba en una silla de la elegante sala.

Mi corazón comenzó a palpitar con rabia. Apreté mis manos en un puño, levantando mi rostro con la dignidad que me quedaba.

—¿Y ahora qué? —pregunté—. ¿Piensas obligarme a cumplir el trato que hiciste con mi esposo? ¿Piensas burlarte? ¿Usarme como una muñeca sexual? Dime, ¿cuál es tu objetivo? ¿Decirles a todos que soy un trapo que compraste con tu dinero?

Algo cambió en sus ojos ante el dolor de mi voz. Hubo un instante donde nadie se movió, ni siquiera respiró, hasta que él lentamente abrió la boca:

—No haré eso.

Llevó sus manos a sus bolsillos manteniendo su vista en mí.

—Hay hombres míos afuera —continuó—. Nadie entrará a esta habitación sin que yo lo autorice.

Desvié mis ojos a la puerta momentáneamente. Luego, miré mi cuerpo retrocediendo unos pasos. Un leve escalofrío de temor a ser ultrajada me invadió.

—¿Y si yo quiero salir?

—Entonces, puedes marcharte —respondió con total franqueza.

—¿No vas a violarme?

Al escucharme, su mandíbula se apretó unos segundos. Negó con la cabeza con lentitud como si no comprendiera cómo llegué a esa conclusión.

—Entonces, ¿para qué me compraste?

Una sonrisa indescifrable apareció lentamente en sus labios.

—Porque necesito que veas algo.

Silencio. No dijo nada. Su mano descendió lentamente y empujó un pequeño sobre sobre la mesa de la sala hacia mí. Sus ojos brillaron como una invitación demoníaca.

—¿Qué es?

—Averígualo tú misma —colocó su vaso sobre la mesa—. Y no, no eres una prostituta ni nada parecido. No vales dos millones, para mí es una blasfemia que te haya puesto ese precio.

Dudé intensamente sobre si mirarlo. Tragué en seco, llevando mi mano hacia el sobre de manila.

—¿Qué ganas con esto?

Hubo un brillo en su mirada imposible de ocultar. Su mano se dirigió a su cabello lentamente.

—Tu esposo y yo tenemos un asunto que me concierne. Ábrelo, y ya decidirás después qué quieres hacer en este encuentro.

Lo abrí con lentitud. El peso de su contenido se sentía como cargar una tonelada. Finalmente, saqué el conjunto de fotografías y comencé a observarlas una por una.

Me congelé.

Una bofetada de realidad golpeándome una y otra vez.

Había dolor…

Había frustración…

Ira…

Tantas emociones corriendo a una velocidad tan brutal que ni siquiera sabía cómo procesarlas. Cada fotografía que veía era suficiente para liquidarme en ese mismo instante.

—¿Qué…? ¿Cómo…?

—¿Cómo lo conseguí? —hizo girar lentamente su vaso de whisky—. Soy más poderoso de lo que crees —sus ojos misteriosos se mantuvieron fijos en los míos.

—¿Qué ganas tú dándome esto?

Dejó escapar una risa ronca que fue suficiente para provocarme un escalofrío hasta la columna. Un silencio palpable se instaló en aquella habitación de hotel mientras sus ojos me observaban con detenimiento.

—¿Yo? Pronto lo verás. Ahora, ¿quieres comprobar que lo que te he dado es cierto? —llevó su mano libre al bolsillo y sacó una tarjeta, colocándola boca abajo antes de deslizarla por la mesa—. Si quieres comprobar que lo que te he dado es verdad, ve a esta dirección.

Miré sus dedos sosteniendo una tarjeta como si en ella estuviera escrita toda mi vida. Respiraba aceleradamente, con un dolor instalado en el pecho. Sus ojos permanecieron impenetrables.

—¿Estás dispuesta a aceptar este trato con el demonio? Tómalo, libérate y luego yo iré a cobrar mi deuda, mi pequeña conejita.

Esa tarjeta podría acabar con todo lo que había luchado por construir, pero sabía que, si no la tomaba, estaría matándome lentamente… Entonces…

Miré con detenimiento las fotografías. Había sacrificado cinco años de mi vida para entregárselos a Peter.

Mi familia y mi carrera. Había cedido mi apellido…

Mi vida.

Intentaba convertirme en la esposa que él quería mientras mi esposo había construido una familia con otra mujer. Extendí la mano tomando la tarjeta. Matthew no dijo nada, pero sentí sus ojos siguiéndome cuando caminé hacia la puerta. Mi mano ya estaba sobre la perilla de la puerta y, mientras salía, me dije una cosa:

Sería la última noche que permitiría que alguien volviera a despreciar a Amber Hughes.

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