Mundo de ficçãoIniciar sessãoCaerse estaba permitido…
Levantarse era obligatorio. Durante todo el trayecto no pude dormir. La luz de la mañana chocaba contra mi piel mientras observaba por la ventana la ciudad de Nueva York. Los rascacielos de cristal y acero parecían darme la bienvenida a su manera. El chofer me observó por el retrovisor e inclinó levemente la cabeza: —Señorita Hughes, su padre me ha pedido que la lleve directamente a la reunión del consejo. ¿Desea que la espere mientras se cambia en su casa? Crucé las piernas con calma y dejé escapar un suspiro pesado. —No es necesario, Marcos. Primero iré a casa. Después de cinco años fuera del país, el consejo puede esperarme un par de horas más. Marcos asintió respetuosamente. Tras varios minutos de viaje, llegamos a mi mansión ubicada en la exclusiva zona de Old Westbury, en Long Island. Mantuve la mirada al frente mientras el automóvil se detenía y, unos segundos después, Marcos abrió la puerta. Salí con la barbilla en alto, encontrándome con una hilera de sirvientes que inclinaron la cabeza al verme. Al principio de la fila estaba James, el mayordomo de mi familia, quien se había encargado de cuidar la casa mientras yo permanecía en Inglaterra. —Bienvenida de vuelta, señorita Hughes —se acomodó los anteojos—. Su padre ha convocado una... Levanté una mano con tranquilidad para interrumpirlo. —¿Una reunión? Ya lo imagino, así es mi padre, siempre a los negocios. Caminé con elegancia sobre mis zapatos Chanel, comprados apenas unas horas antes de regresar a casa. Entonces... Mi teléfono sonó. Lo levanté con calma y vi el nombre en la pantalla: Peter. Seguramente ya le había llegado la demanda de divorcio que mis abogados se habían encargado de entregarle. Una sonrisa seca apareció en mis labios antes de rechazar la llamada. En ese momento me sentía como una auténtica estúpida. Había abandonado quién era, todo lo que tenía... porque creí que el amor valía la pena. Volví a levantar el teléfono. —Quiero un teléfono nuevo, el último modelo y con un número diferente. No quiero que el inútil de mi exesposo vuelva a contactarme. —Entendido, señorita. ¿Qué hago con este teléfono? —Deshazte de este teléfono. Quiero uno nuevo antes del mediodía. James asintió con serenidad. —Como usted desee, señorita. Tomó el aparato como si sostuviera una bomba. —Nos hemos asegurado de que todo esté listo para su llegada. Su desayuno ha sido preparado por el chef con estrella Michelin que contrató de por vida, y su bañera la espera arriba. Como siempre lo solicita, está preparada con agua mineralizada. —Bien —respondí sin emoción alguna. Las puertas de la mansión se abrieron lentamente. Caminaba por el enorme recibidor cuando unos rápidos tacones hicieron que girara el rostro. Su cabello color chocolate, igual al mío, se movía mientras corría hacia mí. No dijo nada. Simplemente me abrazó con todas sus fuerzas. James se retiró discretamente para dejarnos espacio. —Amber... mi pequeña Amber... pensé que no volverías... Sus ojos, llenos de lágrimas, apenas podían verme. Gimoteaba mientras acariciaba mi rostro. —Mi pequeña... qué mal te ves —sus dedos recorrieron mis mejillas con delicadeza—. Tienes ojeras. —Mamá... estoy bien —susurré. —Claro que no lo estás. Casi me muero cuando James me dijo que regresarías. Cerré los ojos durante unos instantes. Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así... Segura. En casa. En el lugar donde realmente pertenecía. No por el lujo ni por el dinero. Sino por la sensación de familia. Aún entre los brazos de mi madre escuché unos pasos lentos, pero firmes. Levanté el rostro de reojo. Ahí estaba. El mismo porte autoritario de siempre. Los mismos ojos tranquilos que solo se suavizaban conmigo. Cuando mi madre se apartó, él desvió sutilmente la mirada hacia mi dedo anular. Sus ojos permanecieron allí unos segundos demasiado largos. Solo después de confirmar lo que buscaba lo vi exhalar profundamente. —Bienvenida a casa, mi querida hija. —Gracias, papá. Yo... —No digas nada —guardó ambas manos en los bolsillos—. Solo pretendamos que esto fue un mal negocio del que lograste salir. Sé que no querrás contármelo todo, pero estoy aquí cuando desees hacerlo. Recuerda que todo este lugar siempre fue tuyo esperando a que regresaras. A pesar de que intentaba mantenerse firme, había un dulzor en sus palabras. Cuando conocí a Peter pensé que llevar el apellido Hughes era una maldición. Ahora... Se sentía como una liberación. —Papá, mamá, gracias por venir, pero necesito descansar. Ambos asintieron antes de retirarse. El agua caliente relajó mis músculos como si hubiera cargado años enteros de tensión. Fue un baño largo, pero al salir estaba lista para recuperar, poco a poco, todo lo que me pertenecía. Al revisar mi correo encontré al menos quince mensajes de Peter. Entre los asuntos podía leer: ***No vas a dejarme.*** *** ¿Crees que llamarás mi atención actuando como una niña mimada?*** ***Sé que estás en Londres. No me obligues a buscarte.*** ***Si regresas a casa antes de esta tarde, consideraré perdonarte por esta escena.*** Una sonrisa incrédula apareció en mi rostro. No podía entender cómo había soportado a ese hombre durante tantos años. Al final, mis abogados lograron que firmara el divorcio... Y jamás me había sentido tan libre. A la mañana siguiente, vestida con un impecable traje ejecutivo, entré en la empresa de mi familia. Bastó con que cruzara las puertas principales para que todo pareciera congelarse. Las miradas se dirigieron hacia mí mientras avanzaba. Mi cabello se movía con cada paso y los empleados corrían apresuradamente hacia sus puestos. Llegué al ascensor y presioné el botón del último piso, donde se encontraba la sala del consejo. Cuando entré, mi sola presencia impuso silencio. —Señorita Hughes... cuánto tiempo —susurró uno de los accionistas—. Su padre ha ocupado su lugar todo este tiempo, aunque siempre decía que solo era hasta que usted regresara. ¿De verdad? Mi puesto jamás había dejado de ser mío. —Eso imagino… mi padre esperó por mí a pesar de que pasaran cinco años. Silencio. Al entrar en la sala, decenas de miradas se clavaron en mí mientras tomaba asiento en el centro de la enorme mesa. Una ligera sonrisa apareció en mis labios. —¿Qué ocurre? ¿Esperaban encontrar a una mujer débil? Porque eso no soy. Uno de los líderes de mi equipo tragó saliva. —Bueno... comencemos la reunión. Fuimos directo al proyecto más ambicioso que nuestra compañía había desarrollado: el perfume destinado a revolucionar la industria. No solo reaccionaba a la química natural de quien lo utilizaba, sino que evolucionaba sobre la piel hasta convertirse en una fragancia única e irrepetible, diseñada para despertar una atracción casi imposible de resistir. ¿El problema? Requería la esencia de dos flores extremadamente raras, cuyos permisos de exportación eran casi imposibles de conseguir. Suspiré levemente mientras ladeaba la cabeza y observaba con frialdad al responsable de la presentación. —¿Pretendes que nuestro producto estrella dependa de una flor que ni siquiera podemos obtener? —pregunté con una voz glacial—. No sé si eres un incompetente o simplemente un iluso, pero yo quiero resultados, no sueños imposibles. Me puse de pie. —Señorita Hughes, llevamos años desarrollando este proyecto desde que usted lo propuso... Solo necesitamos llegar a las empresas que poseen los permisos. —¿Cuántas poseen ese permiso? —Tres. —¿Y quién puede ofrecernos la cantidad de esencia que necesitamos para la producción del perfume? —Solo una. —Entonces ya sabemos qué hacer para solucionar esto. Quiero el nombre de la persona que está a cargo de esa empresa. —Señorita, nunca hemos podido comunicarnos con él. —Eso era porque yo no lo había hecho. Me encargaré de conseguir una reunión con el dueño en un solo día. Silencio. Uno tan pesado que nadie se atrevió a responder. Di la reunión por terminada y caminé hacia la salida. Mi secretaria, Mónica, comenzó a seguirme apresuradamente mientras nos dirigíamos a mi oficina. —Mónica, quiero los contactos de la empresa que posee esos permisos esta misma tarde. Ese perfume saldrá al mercado aunque tenga que arrancarle los permisos al mismísimo gobierno. —Ya lo intentamos, señorita Hughes —susurró nerviosa—. La única empresa que posee autorización para exportar esa esencia pertenece a un conglomerado empresarial que... Fruncí ligeramente los labios. Un conglomerado empresarial. Eso significaba cientos de compañías bajo un mismo control. Un verdadero dolor de cabeza. —Mónica... —la interrumpí—. Quiero hablar con la persona que dirige ese conglomerado. No me interesa nadie más. Ella tragó saliva. —Señorita... el CEO del conglomerado ha estado esperándola. Me detuve en seco. —¿Qué acabas de decir? —El CEO vino personalmente a reunirse con usted. No la interrumpí porque sé que detesta que la molesten durante una reunión. Arqueé una ceja. —Bien. Cancela toda mi agenda. ¿Dónde está? —En la otra sala de reuniones. El director financiero ha estado aténdiendolo mientras terminábamos aquí. (Nota: "atendiéndolo") Asentí lentamente. —Ya veo... entonces no podemos hacer esperar más a nuestro invitado. Caminé hacia la sala de reuniones. A través del cristal observé a Jeremy sonriendo con evidente cortesía. —¿Café? ¿Té? ¿Agua? Rodeé las paredes de cristal mientras me acercaba. Entonces... Un aroma llegó a mis pulmones. Amaderado. Profundamente masculino. Con ese ligero toque embriagador que despertó recuerdos que llevaba demasiado tiempo intentando enterrar. Era como si aquel hombre se negara a desaparecer de mi memoria. Negué suavemente con la cabeza para apartar ese pensamiento. Estaba perdiendo la razón. En el instante en que abrí la puerta, todo se detuvo. Pero no por mí. Por él. Parecía el dueño absoluto del lugar con el simple hecho de permanecer sentado. Sus ojos azules se elevaron lentamente hasta encontrarse con los míos. Matthew Sinclair. Sonrió. —¿Qué haces aquí? —disparé sin la menor paciencia. —He venido a ofrecerte un trato que no podrás rechazar, Amber, pero necesito que sea en privado —respondió con absoluta calma. Silencio. El director financiero y mi secretaria salieron apresuradamente de la sala, cerrando la puerta tras ellos. Crucé los brazos como si esa fuera una barrera para protegerme. —He recibido durante muchos meses las solicitudes de tu empresa para colaborar juntos. —Así es. Lógicamente, no sería gratis. —Oh, no, Amber. Yo no quiero dinero. Tengo más de cuarenta empresas bajo mi control. El dinero es lo que menos me interesa. Mi mandíbula se tensó. —Bien, Matthew... entonces, ¿qué quieres? —Quiero que te cases conmigo, Amber.






