Mundo de ficçãoIniciar sessãoEn ese momento no era Amber Hughes; era la personificación de la ira.
Me tomó veinte minutos salir de la zona más exclusiva de Londres para llegar a aquel barrio modesto. Una casa sencilla en los suburbios que ni siquiera se comparaba con nuestra mansión de Mayfair. Me detuve frente a la puerta, observando el jardín modestamente cuidado. La puerta estaba algo vieja. Todas las luces de la propiedad permanecían apagadas. Respiré profundamente, cerrando los ojos. ¿En serio iba a hacer esto? Sí. Debía asegurarme de que esas imágenes que me había mostrado Matthew eran ciertas. Mi esperanza era que estuvieran editadas y que estuviera armando un enorme escándalo con un esposo inocente. Con mi mano izquierda sujeté el sobre de manila como si pesara más de lo que debía. Observé aquel objeto como si quemara y, tras unos segundos, toqué la puerta. Una vez… Nada. Otra vez, con un poco más de fuerza. Nada. Dejé escapar una leve risa incómoda, cargada de incredulidad. Había creído a un hombre que ni siquiera conocía… hasta que escuché un murmullo. —Cariño, debe ser la comida que pedí. Ya voy. Las luces se encendieron. Unos pasos pausados sonaron del otro lado de la puerta y, tras unos segundos, esta se abrió. Una mujer alta. Ojos jade… y el cabello rubio despeinado. Se acomodó la bata para cubrir sus hombros desnudos. Dejé escapar un leve exhalo, como si cargara un enorme peso sobre los hombros. Era la misma mujer de las fotografías. —¿Y mi comida? —farfulló, revisando mis manos. No respondí. La mujer apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando pasé a su lado y entré en la casa. Entonces lo olí: aquel perfume especiado que yo misma había mandado a fabricar exclusivamente para Peter. Lo reconocería entre millones. —¡Voy a llamar a la policía! —gritó la mujer detrás de mí—. ¡Ayuda! Su grito provocó que un fuerte sonido de algo cayéndose retumbara por toda la casa. Escuché pasos acelerados y, al final del pasillo, apareció él. Solo llevaba el pantalón desabrochado y el cabello alborotado. Al verme, sus ojos se abrieron de par en par. —Amber, ¿qué haces aquí? No respondí. Lo primero que hice al estar cerca de él fue sacar todas las fotografías del sobre de manila y lanzárselas al rostro. Cada una comenzó a caer lentamente. Las fotografías chocaron con su rostro antes de dispersarse por el suelo entre nosotros. —¿Qué hago aquí? ¡¿Qué hago aquí?! —grité con la ira contenida—. ¡Vengo a ver a mi esposo, que se suponía debía estar en una maldita reunión! —Amber, no es lo que piensas. —¿No? A ver, entonces corrígeme. Dime en qué estoy equivocada. ¡Me estás siendo infiel con una no sé quién desde hace más de ocho meses! ¡Tu madre lo sabía! El rugido salió desde mis entrañas mientras pisaba una de las fotografías donde aparecían Peter junto a aquella mujer y su madre, Margaret. —No lo entiendes… —¿No? Dime qué no entiendo. ¡Que, además de serme infiel con una cualquiera, querías venderme como si fuera una prostituta! —¿Por qué estás gritando? —Peter bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Esto es lo que merezco. Scarlet es una mujer que está a mi altura… Aquellas simples palabras me destruyeron. El suelo bajo mis pies pareció moverse mientras miraba a la rubia. Sus labios apenas se curvaron en una sonrisa triunfante. Entrecerré levemente los ojos… y entonces la reconocí. ¡Era su secretaria! La recordaba por las pocas veces que había ido a su oficina. Peter siempre insistía en que debía quedarme en casa como una buena ama de casa. Me sentí como una estúpida. Ella me había quitado a mi esposo delante de mis propias narices. La misma mujer que había planeado una salida para nosotros y que, mágicamente, no pudo asistir porque tenía una reunión de negocios. Ella, quien había escogido un regalo de San Valentín supuestamente de parte de mi esposo con nueces… y yo era alérgica, por lo que estuve a punto de morir por aquella reacción. La que había respondido mis llamadas cuando Peter no contestaba, asegurando que estaba ocupado con varias reuniones. Con ferocidad, me presioné el puente de la nariz con los dedos. —Claro, está a tu altura —lo miré desafiante—. Como jamás podrás llegar a la mía, tuviste que buscarte a una mujer que siempre tenga que mirarte hacia arriba. —¿Por qué reaccionas así? —Peter dio un paso hacia mí—. Tú te acostaste con Matthew. Eres igual o peor que yo. —¿Disculpa? —¿Vas a negarlo? —sacó su teléfono, mostrándome un depósito reciente de dos millones de dólares en su cuenta—. Pero, aunque te hayas acostado con él, no me molesta. Solo fue una noche. Además, lo de Scarlet no cambia nada entre nosotros. —¿De verdad estás escuchándote? —farfullé. —Sí, lo hago. Sigues siendo mi esposa. —Eres un imbécil. —Amber, no empieces con tus escenas de celos ridículas. Hizo una larga pausa que pareció casi teatral. Sus ojos se posaron sobre la rubia, que permanecía como una espectadora silenciosa disfrutando más que nadie de aquella escena. Después, su mirada descendió hasta el vientre de ella. —Scarlet está conmigo porque ella puede darme algo que tú no puedes ofrecerme. Amber, lo hemos intentado durante años y no has logrado concebir. Necesito un hijo… Esto no es nada… Estaremos bien. Se acercó para tomar mi mano, pero la rechacé. Me alejé y levanté la mano hacia su rostro. El fuerte sonido de la bofetada vibró en toda la casa. La cabeza de Peter se giró unos centímetros. Su mejilla se tornó roja. Respiraba agitadamente. Su mandíbula se endureció mientras el ambiente a nuestro alrededor parecía crisparse. Lentamente volvió el rostro hacia mí, mirándome con firmeza. Había un fuego que jamás había visto en todos nuestros años de relación. —Amber, no te pongas así. Si sigues comportándote de esta manera, haré algo que sé que no quieres —replicó con enfado—. Voy a dejarte en la calle si continúas actuando como una mujer errática. Tus padres te desheredaron. No tienes dinero ni adónde caerte muerta. Sin mí, no eres nadie ahora. Así que cállate antes de que te deje durmiendo en la calle. Scarlet permanecía en silencio, batiendo las pestañas con una sonrisa superficial. Llevó con calma una mano hasta su vientre, acariciándolo lentamente. La ira que sentía en ese momento era imposible de soportar. —Peter, amor, no te alteres. Entiéndela. Debe ser muy difícil para ella descubrir que otra mujer puede darte algo que ella jamás podrá darte, ni aunque volviera a nacer. Además, ella solo es una mujer que se vendió por dinero… es entendible que esté enojada. Aquellas palabras fueron dagas que atravesaron mi alma. No porque las creyera, sino porque una mujer sin principios creía que estábamos al mismo nivel. Caminé hacia ella, a lo que ella retrocedió velozmente. —¡Aléjate, loca! Intenté acercarme de nuevo, a lo que Peter sujetó mi muñeca para detenerme. Sus dedos apretaron con fuerza. —Amber, ya basta con esta tontería. Scarlet está esperando un hijo mío, por eso no quiero que se estrese. Puede hacerle daño a nuestro hijo. Como un destello, tras mirar su vientre, recordé todos aquellos meses asistiendo a clínicas hormonales, tomando cada pastilla al pie de la letra para lograr quedar embarazada. Había gastado una fortuna, esfuerzo y lágrimas… pero jamás pude concebir. Scarlet sí. Sin siquiera esforzarse. —No me toques —arranqué mi mano con fuerza—. Peter, si tú no puedes respetarme como tu esposa, no quiero nada de ti. Silencio. Me observó durante un largo rato como si creyera que estaba haciendo una broma de muy mal gusto. —Amber, Scarlet solo es la madre de mi hijo. Todo esto funcionará. Solo debes quedarte tranquila en casa. —No, Peter. Estoy cansada. Si tú no me respetas, si decidiste acostarte con otra mujer, ya no tienes derecho ni siquiera a respirar mi aire. Quiero el divorcio. Las palabras sonaron como un rayo entre los tres. Hubo un largo silencio donde Peter exhaló con parsimonia. Scarlet parpadeó unos segundos, confusa. Levanté mi barbilla mientras Peter parecía procesar esa simple frase. Scarlet camufló una sonrisa victoriosa detrás de sus manos mientras Peter entrecerraba los ojos. Comenzó a reírse como si el querer el divorcio le pareciera la broma más absurda del mundo, hasta terminar en carcajada. Al ver mi rostro serio, se detuvo lentamente. Primero apareció la confusión; luego, la incredulidad tiñó su rostro. Negó con la cabeza y dejó escapar una risilla apenas perceptible, intentando ocultar lo desconcertado que estaba. —¿Divorciarte de mí? —finalmente dijo—. ¿Adónde piensas ir? ¿Debajo de un puente? Tú no puedes querer el divorcio. —¿No? Pues mírame perfectamente cómo me voy. —Solo haces esto para llamar mi atención —susurró. —¿No? Mira cómo me voy —respondí cortante. Comencé a caminar hacia la puerta. —¡No permitiré que te vayas! —corrió hacia mí, sujetándome del brazo—. Tú no puedes pedirme el divorcio mientras tengas lo que es mío. Todo lo que hay en esa casa es mío. Yo lo pagué con mi dinero. No pienso darte ni un centavo. —¿Crees que eso me va a detener? No quiero nada. —¡Entonces tampoco puedes llevarte esos zapatos! ¡Yo los compré! Jalé mi brazo para soltarme, me quité los zapatos y los lancé al suelo. —Puedes quedártelos. O mejor aún, dáselos a ella. Como le gusta usar mis cosas usadas, también puede quedarse con esos zapatos. El rostro de Peter comenzó a enrojecer poco a poco. Sus fosas nasales se ensancharon. Sus dientes rechinaron con fuerza. —¡No puedes pedirme el divorcio! ¡Yo soy el que quiere el divorcio! —gritó enfurecido—. ¡Te arrepentirás de divorciarte de mí! ¡Vas a sufrir! —¿Sufrir? —solté una risa amarga—. Peter, lo más doloroso que me ha pasado en la vida fue convertirme en tu esposa. Todo lo que venga después de ti será mil veces mejor. Sin decir nada más, salí de aquella casa descalza. Iba a conducir mi auto, pero solo recordar que él lo había comprado provocó que mi cuerpo se tensara. Tomé las llaves y las lancé contra la ventana de la casa de Scarlet, rompiendo el cristal. Después comencé a caminar por la calle. Mis pies dolían. Mi corazón aún intentaba procesar cómo lo había perdido todo… Pero no me detendría. Tomé mi teléfono y marqué un número. Sonó una sola vez antes de escuchar una voz grave. —Muy buenas noches, señorita Hughes. —James, quiero que prepares mi avión privado. Regreso esta misma noche a Nueva York. Silencio. Durante unos segundos se volvió insoportable, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. —Como usted desee, señorita Hughes. ¿Algo más? —Sí. Quiero que mis abogados envíen inmediatamente la demanda de divorcio a Peter. Todas las inversiones que se hicieron desde las empresas Hughes vinculadas a mi nombre, que las retiren esta noche. Me detuve en mitad de la calle, iluminada por los faros de los automóviles que pasaban. Guardé el teléfono mientras miraba al vacío. Durante unos segundos recordé los fríos ojos de Matthew Sinclair. ¿Qué ganaba Matthew Sinclair destruyendo mi matrimonio? No lo sabía. Pero me encargaría de que ni él ni nadie volviera a subestimarme. Porque yo era Amber Hughes… La heredera del imperio Hughes.






