5. Cordura

POV Matthew Sinclair

Esa mujer estaba acabando con la poca cordura que me quedaba.

Matthew Sinclair no perdía el control.

Jamás.

Podían desplomarse mis acciones en varias de mis empresas al mismo tiempo, desaparecer millones en cuestión de segundos o presentarse una crisis capaz de hacer temblar a cualquiera, y yo siempre encontraba la manera de mantener la cabeza fría. Nada me afectaba ni siquiera para provocar mi ira.

Pero esa mujer...

Ella conseguía alterarme con el simple hecho de no llamar.

Toda la noche me mantuve en vilo esperando una llamada de mi secretaria, algo que nunca pasó. Durante todas las reuniones de esa mañana, no pude concentrarme, pues mi secretaria me informó que ni siquiera un correo había llegado desde las empresas Hughes.

Mi dedo martilleaba el escritorio sin descanso. Una vez y otra. Mis ojos iban del reloj a la puerta y de la puerta al teléfono, como si observarlo pudiera obligarlo a sonar. Faltaban veinte minutos para las seis, y ella aún no había dado señales de vida.

No pude soportarlo más.

Me levanté y caminé hasta el enorme ventanal del piso noventa y siete. Nueva York se extendía debajo de mí, diminuta desde aquella altura. Y, sin embargo, nunca se había sentido tan grande mientras esperaba la respuesta de una sola mujer.

—Mat, ¿quieres tranquilizarte? Me pones nervioso.

Silencio. Mantuve mi vista en los edificios de la distancia, como si pudiera materializar el suyo con el mero pensamiento.

—Si no te llamó ayer, quizá significa que no está interesada en casarse contigo.

Miré por encima de mi hombro a Robert Scott, uno de mis abogados de mayor confianza y, para mi desgracia en ese momento, mi mejor amigo. Revisaba su iPad con calma mientras sostenía un café con la otra mano.

—Rob, ¿no tienes otro lugar donde decir estupideces? —volví la mirada hacia el ventanal—. Va a aceptar.

—¿Ah, sí? —dejó escapar una leve risa irónica.

—Soy su mejor opción.

—¿Y? —Robert tomó otro sorbo antes de dejar el café sobre la mesa—. Ella también tiene la opción de pensar que estás loco. No me sorprendería que la próxima llamada fuera para pedir una orden de alejamiento.

Torciendo los labios, me giré hacia él.

—¿Por qué dices eso?

Robert deslizó un dedo por la pantalla sin siquiera mirarme. Frunció el ceño sin dejar de mirar la pantalla.

—Me pediste que redactara un contrato matrimonial en una hora para presentárselo a una mujer con la que apenas has cruzado unas cuantas palabras. Legalmente todavía no puedo catalogarte como acosador... —finalmente levantó los ojos hacia mí—, pero como tu amigo, diría que estás haciendo méritos para ganarte una orden de alejamiento.

Lo ignoré. A veces podía resultar agobiante tener a mi mejor amigo como mi abogado. Metía las manos en los bolsillos mientras el recuerdo de Amber regresaba a mi cabeza.

Aquella fiesta con una sonrisa apagada. Esos ojos color ámbar que parecían sonreír mucho menos que sus labios. Nadie me había impactado de esa manera en toda mi vida. Habían pasado años, y todavía tenía ese mismo efecto sobre mí.

Solo ella.

Y durante años tuve que verla junto a un hombre que la despreciaba, que utilizaba su apellido y sus contactos para conseguir contratos mientras se acostaba con otra a sus espaldas...

Me daban ganas de vomitar por lo poco hombre que era.

Amber Hughes.

La quería para mí.

Siempre la había querido, pero mientras ella eligiera a Peter, respetaría su decisión. Ahora, si decidía estar a mi lado, Peter Rosevelt no volvería a acercarse a ella ni aunque se arrastrara de rodillas.

Mi mandíbula se tensó mientras intentaba comprender por qué había hecho preparar un contrato matrimonial prácticamente en cuanto quedó libre de su esposo. Ni siquiera yo tenía una respuesta para eso.

—Mat, ¿crees que deberíamos conseguir a otra mujer para esto? Tengo muchas opciones. —Robert giró su iPad hacia mí—. Conozco una empresa especializada en matrimonios por conveniencia. Ellas no se enamorarían de ti porque, literalmente, su trabajo lo prohíbe.

Ni siquiera miré la pantalla.

—Rob, la quiero a ella.

Silencio.

—Mat, ¿estás loco? —Robert bajó su iPad con calma, mirándome fijamente a los ojos—. Amber Hughes no tiene nada de discreta para lo que quieres hacer. Necesitas a una mujer que parezca enamorada de ti para convencer a toda una junta de sanguijuelas que está esperando que cometas un solo error para quitarte el poder que tienes.

Se levantó y caminó hacia mí. Sus ojos siguieron la dirección de mi mirada antes de entrecerrarse ligeramente.

—Y no solo eso. Amber acaba de divorciarse hace apenas un día. Es la heredera de una de las familias más conocidas del país. No solo tendrás a la junta respirándote en la nuca, la prensa estará encima de ustedes en cuanto pongan un pie afuera. Si únicamente buscas cumplir la cláusula de tu abuelo, tienes opciones muchísimo más sencillas.

—Robert, ¿acaso te contraté para buscarme esposa?

Silencio. Exhaló con tanta pesadez que el sonido llenó la oficina.

—Correcto. Por ahora solo me interesa saber si cambiaste el contrato como te pedí.

—Ya lo hice. —Con la barbilla señaló la carpeta que descansaba sobre la mesa, junto a su café—. Solo necesitan firmarlo.

Revisé mi reloj. Faltaban diez minutos. Crucé mis brazos; mi dedo volvió a martillear contra mi antebrazo. Nueve minutos con cincuenta y ocho segundos. Y entonces...

Mi teléfono personal comenzó a sonar.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Di varias zancadas rápidas hasta el escritorio y tomé el teléfono. Revisé el identificador: número desconocido. Aflojé ligeramente mi corbata antes de contestar.

—Buenas tardes, Matthew Sinclair. —Mantuve la voz tan despreocupada que ni siquiera yo me habría creído que llevaba horas esperando a que llamara.

—Matthew... lo he pensado y aceptaré tu contrato.

Silencio.

Una sonrisa se dibujó lentamente en mi rostro. No fui consciente de ella hasta que vi la ceja de Robert elevarse frente a mí. Le hice una señal con la mano para que saliera. Su expresión se llenó de diversión, pero obedeció. Esperé hasta escuchar la puerta cerrarse antes de sentarme nuevamente, esta vez mucho más relajado.

—Perfecto. Llevaré el contrato cuando pase por ti esta noche.

Hubo una larga pausa.

—Quiero que agregues algo más al contrato —continuó ella—. No pienso abandonar mi trabajo ni mi empresa. Seguiré trabajando y no puedes obligarme a dejarlo. No pienso abandonar ninguno de mis proyectos, incluso si chasqueas los dedos. No me convertirás en una esposa de lujo que se queda en casa esperando a que regreses. Si no pones eso en la cláusula, no pienso aceptar.

Mi mirada se oscureció. Sabía perfectamente por qué lo decía con tanta brusquedad.

Su inútil exesposo.

El mismo hombre que la había convencido de abandonar todo lo que era para convertirse únicamente en su esposa. Tomé el contrato y repasé rápidamente las cláusulas que Robert había redactado.

—De acuerdo, Amber.

Silencio al otro lado.

—¿De acuerdo?

—Tú tienes la última palabra sobre tu carrera. Tu empresa, tus proyectos y tu trabajo seguirán siendo tuyos. Yo no voy a tocar ninguno de ellos.

La respiración al otro lado pareció relajarse ligeramente. Juré que pude escucharla sonreír levemente.

—Bien.

—Pasaré por ti a las ocho.

—No sabes mi dirección.

Una sonrisa ladeada apareció lentamente en mis labios.

—Amber... ¿en serio piensas que no sé dónde vives?

Silencio. Ni siquiera respondió tras colgar. Una risa baja escapó de mis labios mientras apartaba el teléfono. Esa conejita era suficiente para acabar con mi cordura.

Pero ya había dicho que sí.

Ahora solo tenía que asegurarme de que no se arrepintiera. Le envié un mensaje a Robert ordenándole que añadiera la nueva cláusula. Quince minutos después, el contrato estaba listo. Tener la oficina de mi abogado dentro del mismo edificio tenía sus ventajas.

Regresé a mi casa y, por primera vez en mucho tiempo, tardé demasiado en decidir qué ponerme. Elegí uno de mis perfumes más costosos. Un reloj que rara vez utilizaba. Y finalmente...

Uno de mis trajes hechos a medida que llevaba meses guardado esperando exactamente aquella noche. Porque sí... era así de calculador. Aunque incluso Robert desconocía hasta qué punto cuando se trataba de Amber Hughes. Por ahora prefería que continuara así.

Para las siete ya me había preparado. Solo necesité una llamada para ir a una de mis joyerías más exclusivas, tomándome mi tiempo para escoger hasta tomar un anillo de diamante anaranjado en forma de óvalo. Lo puse en una caja y, tras esto, me fui hacia su hogar.

Si Amber pensaba que la dejaría escapar, no sería sencillo. En el momento que aceptara casarse conmigo, me aseguraría de que no viera a otro hombre que no fuera yo.

Solo a mí.

Matthew Sinclair. Ese hombre ya la había reclamado como suya. Me aseguraría de que fuera solamente mía. Mientras conducía hacia su casa, sabía que Amber se volvería un problema para mí. Se volvería mi debilidad, pero no me importaba.

Ella pensaba que todo este matrimonio era solo una cláusula del testamento, que necesitaba una esposa y ella solo llenaba los requisitos necesarios.

Una risa baja escapó de mis labios.

Estaba tan lejos de la verdad.

Ella, con su inocencia, no sabía que nuestros caminos se habían cruzado mucho antes de aquella habitación de hotel. Mucho antes de lo que podía imaginar. Y esta vez me aseguraría de que nunca volvieran a separarse. No pensaba permitir que ningún hombre volviera a llegar antes que yo.

Ni siquiera Peter Rosevelt.

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