La casa de Kai estaba sumida en un silencio absoluto.
La noche había caído por completo, la oscuridad tragándose todo a su alrededor. No había ni una sola luz encendida.
Afuera, Miranda estaba sentada sola en el columpio, un cigarrillo entre los dedos. El tenue resplandor naranja se avivaba y se apagaba con cada calada lenta que daba.
La imagen de antes se negaba a abandonar su mente: Josephine aferrada al brazo de Kai, los dos juntos en aquella sala privada. Cuanto más la repetía en su cabeza,