Él soltó una carcajada, divertida y contagiosa.
Isabella no pudo soportarlo; se dio la vuelta y lo empujó por los hombros con ambas manos.
—¡No pierdas el tiempo! ¡Te estoy examinando!
Cuando Alexander volvió a abrir los ojos, un brillo travieso y tentador ardía en su mirada.
Con naturalidad, rodeó la cintura de Isabella con un brazo. Su manzana de Adán se movía lentamente mientras sonreía, con la voz baja y provocadora:
—Está bien… continúa.
Isabella se enojó, pero al mismo tiempo le res