Alexander entró con un vaso de agua y lo dejó sobre la mesita de noche.
Luego corrió las cortinas, dejando que la luz iluminara la habitación.
Isabella entrecerró los ojos.
Él estaba impecable, vestido con un traje elegante, el cabello peinado y una sonrisa tranquila que contrastaba con su propio desaliño.
—Mírate —murmuró Isabella con voz ronca, dándole la espalda—. Tan fresco y perfecto... qué molesto.
Alexander soltó una carcajada y rodeó la cama para situarse frente a ella.
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