Isabella despertó al día siguiente. La luz deslumbrante del sol la obligó a cerrar los ojos; tenía un leve dolor de cabeza. Lentamente los abrió y vio un rostro apuesto junto a ella: Alexander estaba sentado, frunciendo el ceño.
Isabella, como de costumbre, se acercó y pidió un beso matutino. Alexander apartó las manos con gesto serio, se enderezó y, sin mostrar emoción, se sentó junto a ella; su postura rígida sugería que estaba enfadado.
Molesta por su actitud, Isabella frunció el ceño y r