No lo hacía para robar información confidencial, sino para asegurarse de que los responsables no escaparan cuando llegara la policía.
Minutos después de que los tres huyeran, alguien descubrió la fuga y activó la alarma.
El caos se desató. Los Roosevelt entraron en pánico y comenzaron a registrar todo el edificio, lo que le dio a Chelsea el momento perfecto para colarse en el estudio.
Apenas entró, vio una figura alta y delgada desaparecer por una puerta lateral. Llevaba una gabardina larga color caqui y un sombrero que le cubría parcialmente el rostro.
La silueta le resultó extrañamente familiar.
¿Quién es? —pensó—. ¿Por qué estaría reuniéndose con el mismísimo señor Roosevelt?
Mientras intentaba recordar quién podía ser, una taza de té voló hacia ella.
Chelsea reaccionó a tiempo y esquivó el golpe. Al girar, distinguió un par de ojos aterradores en la oscuridad, una mirada maliciosa que le heló la sangre.
La puerta se cerró de golpe. Pero ese breve intercambio visual