Desvió la mirada, presionando la frente contra su hombro, intentando calmarse.
Con voz baja y un poco agraviada, dijo:
—Entonces te abrazaré así. No haré nada, lo prometo.
Isabella sonrió, divertida, y no dijo una palabra más.
Simplemente lo dejó abrazarla, disfrutando del silencio y del calor que compartían.
“Ha sido fiel durante tanto tiempo… supongo que se merece un abrazo para calmar su sed”, pensó Isabella con una sonrisa traviesa.
Tan pronto como volvió al trabajo, se concentró