Blair se encontraba en el extremo de la cama, con los codos sobre sus muslos y las manos sujetando su cabeza. La habitación era tan lujosa como fría, con una alfombra de diseño geométrico que no lograba amortiguar las tensiones que flotaban en el aire. Una lámpara de pie proyectaba una luz cálida, pero Blair no podía sentir consuelo en nada. El dolor de cabeza que la había perseguido desde aquella noche en Italia seguía pulsando con intensidad. Sus pensamientos eran un remolino de confusión y m