Punto de vista de Kaelen
El aire de la tarde era fresco, casi gélido, mientras conducía por las calles de Santa Leticia; mis manos sujetaban el volante con muchísima fuerza. No me había dado cuenta de lo mucho que lo apretaba hasta que los nudillos empezaron a dolerme. Las luces de la ciudad se encendían como estrellas dispersas, proyectando su brillo artificial sobre el pavimento agrietado. Una brisa leve soplaba por la ventanilla abierta, pero no podía calmar la tormenta en mi interior.
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