Punto de vista de Elara
Lo abracé.
Kaelen se puso rígido, como si le hubiera echado un cubo de agua fría encima, pero luego se ablandó; sus brazos me rodearon, con una mano en la parte posterior de mi cabeza y la otra curvándose alrededor de mi cintura, como si tratara de memorizar cómo encajaba yo en él.
Lo apreté con más fuerza.
—Superaremos esto —susurré.
Era extraño que yo, la más débil, fuera quien le diera seguridad, pero me hacía sentir bien. Saber que podía ofrecerle algo, aunque solo fuera un poco de consuelo. Y él tampoco lo menospreció; Kaelen era dulce en ese sentido.
Se echó un poco hacia atrás, buscándome el rostro.
—Prométeme algo.
—Lo que sea.
—La próxima vez que te encuentres a un extraño frente a una pocilga, dale un puñetazo en la cara primero y luego haz las preguntas.
Me quedé boquiabierta.
—¿Qué? —solté, ahogando una risa.
—Júralo, Elara.
—Lo juro. Primero un puñetazo. Luego una presentación educada.
—Esa es mi chica.
Rodé los ojos, con el corazón