Punto de vista de Elara
Mateo me dejó en el suelo dentro de la pequeña cabaña como si esperara aplausos por rescatarme de la tormenta en la que yo, claramente, quería ahogarme. Liberé mis brazos de su agarre y casi me resbalo en el suelo de madera; mis zapatos mojados soltaron un chirrido chillón contra la superficie.
—No vuelvas a tocarme —dije, con los dientes castañeando más por la indignación que por el frío.
Él levantó ambas manos como si yo fuera la criminal aquí.
—Señorita, no estaba intentando...
—¡Deja de llamarme así!
¿Qué carajos hacía actuando de forma tan caballerosa de repente? ¡Que alguien me lo explique! Él arrugó la cara con sorpresa.
—Pero eso es lo que eres, ¿no?
¿Para él? Lo dudaba. Yo era Elara, su juguete. Alguien que él creía que le pertenecía solo a él. Era un enfermo de mierda.
—¡No! Quiero decir... sí, técnicamente, pero suena como si estuvieras a punto de pedirme un vals o de escribir una balada en mi honor cuando apenas me tienes respeto. No estoy