El cuerpo de Aurelia aún temblaba en la cama; las réplicas de su liberación resonaban en sus extremidades como un trueno lejano. La venda en los ojos la mantenía sumida en la oscuridad, intensificando cada sensación: el aire fresco sobre su piel húmeda por el sudor, la firme sujeción de la barra que le separaba los tobillos, el leve crujido del colchón cuando Ronan se movió a su lado. Sus manos, libres por ahora, se aferraban a las sábanas, con los nudillos blancos por la intensidad. Podía oír