Abajo, la casa estaba en silencio, sin rastro de Selene ni de Ronan. Los platos limpios descansaban en el fregadero y la cafetera aún estaba tibia, pero vacía. Aurelia tomó su bolso y se dirigió a la puerta de salida. Vio las llaves del deportivo de su madre sobre la consola. Por suerte, lo había traído ayer. Se deslizó en el asiento de cuero, el motor rugió al encenderse con un ronroneo gutural y salió a toda velocidad hacia la ciudad, mientras la mansión se hacía más pequeña en el retrovisor.