La mandíbula de Mira cayó cuando la grandiosa entrada de la mansión de Ronan se desplegó ante ella. Las imponentes columnas y la intrincada mampostería captaban la luz de la tarde como algo sacado de un cuento de hadas. Los escalones de mármol conducían a unas puertas dobles que se abrieron automáticamente, revelando un vestíbulo que podría tragarse entero su apartamento de Brooklyn. Arañas de cristal colgaban de techos abovedados y el aire llevaba un leve aroma a madera pulida y flores frescas