Ricardo.
─Aqui le dejo su late, señor ─escucho a mi secretaria. Cuando me permito levantar el mentón recurro a la taza de café y le doy un sorbo.
Advierto que mi secretaria sigue de pié esperando que le dé una última orden después de su agitado día, son las cinco y debe irse.
─Si terminaste el papeleo que te encargué, vete ─reacomodo mi metro noventa en el infame sillón.
─No es eso señor, afuera hay una chica preguntando por usted pero me he negado...
─Déjala pasar ─sé quién puede ser.
─Como di