82. La nota II
Ana Paula Lago
Los fuertes golpes en la puerta me sobresaltaron; estaba quedándome dormida.
Recordé el mensaje de Arturo. Me levanté con cuidado y caminé hasta la sala del departamento. El timbre sonaba una y otra vez, insistente, como si quisiera atravesar las paredes. En ese instante, mi teléfono comenzó a vibrar: era él. Pero no contesté.
—¡Anaaa! —gritó mi nombre del otro lado.
Su voz sonaba irritada, impaciente. Me acerqué despacio a la puerta, con el corazón agitado, sin saber qué esperar